oración

si yo fuera peregrina de mi misma
si llegara a la dulce
posada esmeralda
del corazón

martes, 29 de mayo de 2012

EL JARRÓN_relato por entregas_cap 4


Al señor Borch lo conoció en el único viaje que hizo a Europa. Ella era muy joven, estudiaba historia del arte. Como era de curiosidad inquieta se colaba en algunas asignaturas sueltas de botánica y hasta en un postgrado de diseño de jardines para arquitectos. Allí conoció a Gonzalo. Parecía que la había dejado embarazada y se casaron pronto. Luego se vio que era una falsa alarma. En aquellos días también conoció al señor Yoshito, que la inició en el arte del Ikebana. El viejo Yoshito vivía en Belgrano, cerca de las vías, en una casa diminuta pero que poseía una enorme terraza. Las manos y las horas quietas del señor Yoshito habían convertido aquella terraza en un jardín, para Agustina, un pequeño paraíso. Allí daba sus clases, casi sin alzar la voz enseñaba como el primer gesto de clavar el tallo en el “pincha flor” ya determinaba la energía y la cadencia que adquiriría todo el conjunto. En la pequeña biblioteca del señor Yoshito Agustina descubrió el Tao y muchos tratados de budismo zen, y empezó a colarse también en las clases de filosofía oriental.

Entonces la tía Manuela murió y le dejó un dinerito. No era mucho pero sí era una cifra que permitía soñar. Nadie se lo esperaba y algunas envidias hicieron temblar la paz familiar. Empezaron las recomendaciones de qué hacer con la plata. Lo más lógico era ahuchar para comprarse una casa con Gonzalo y dejar el piso de alquiler. Agustina habló en voz baja de un viaje a Europa, pero voces más gruesas decían que había tiempo, que esos viajes mejor hacerlos cuando se está maduro, que ahora había mucho por construir. Ella iba a lo del señor Yoshito, practicaba con las flores, intentaba descifrar las parcas palabras del viejo maestro. Dejaba que los otros hablasen mientras ella intimaba con el silencio. Un día lo anunció. Se iba a Europa, durante cuatro meses, quizás pasaría de Estambul a Asia, no lo sabía, quería dejarse improvisar. La noticia calló como agua fría. Desobediencia, pensaron los padres, deslealtad, pensó Gonzalo. Sin embargo todos aceptaron que era su dinero y se dedicaron a hacerle la vida imposible de pequeños reproches y caritas largas hasta que se marchó.

De aquel viaje memorable lo más importante, sin duda, fue el encuentro con el jarrón. Ocurrió fuera de programa, como suelen ocurrir las citas secretas entre los amantes. En su paso por Barcelona conoció a unos mallorquines muy simpáticos. Fue en una luna llena de agosto, de esas que emborrachan los ánimos y propician las extrañas comuniones. Le hablaron de la isla y le abrieron las puertas de sus casas. Así que tomó el barco junto a ellos. La última tarde paseaba sola por Palma cuando vio la tienda. Era un lugar escondido, de techos bajos, donde se vendía de todo, un bazar de cosas bellas, unas antiguas, otras modernas, muchas de ellas de cristal. Había una gran profusión de botellas, copas, lágrimas, jarrones, todos preciosos, encantadores. Paseaba como una lenta fragata por entre aquellos objetos deseables. Hasta que lo vio. Ni tan siquiera la borrachera de mirar todas aquellas bellezas podía empañar lo que sintió al mirar el jarrón. Pidió al señor Borch si tenía un lugar despejado para poder contemplarlo, pero la tienda era pequeña y estaba abarrotada, así que lo más vacío que encontraron fue el mostrador. Allí estuvo Agustina acodada una larga hora, mirándolo con tal intensidad como si lo estuviera deglutiendo con la mirada. Por fin la voz le salió destemplada, casi desfallecida de su pecho. Preguntó el precio. La cantidad que mencionó el señor Borch era, sencillamente, exorbitante. Suspiró. Se separó de su embeleso. Necesitaba pasear, maquinar cómo podría hacerse con él. Dijo al hombre Volveré dentro de una hora ¿estará abierto? Resérveme el jarrón.

viernes, 20 de abril de 2012

Juana, La Corsetería y Madrid en Abril

Ayer llegué a Madrid. Primera parada La Corsetería, el Nuevo Teatro Fronterizo que el empuje apasionado de Sanchis y un equipo de gente joven y maravillosa están haciendo realidad. Un año de realidad que va ha ser premiado con un Max. Voy por la calle Cabeza con mi maletita cantando el run run del asfalto. Y allí está, esquinero, bajo la custodia del metro de Tirso de Molina (un dramaturgo amparado el radio de creatividad de su barrio), sencillo, con su aire de estar en construcción, con su vocación inscrita en folletos: un teatro de resistencia.

Primeros abrazos a mi buena amiga Margarita Reiz, la directora que, en su día se enamoró del texto de Juana, tras un ciclo de lecturas dramatizadas y que después lo llevó a escena. Abrazo a Julián, conozco a Ana, que parece ser alma y sustancia de la casa, con su simpatía y su vitalidad. Ya hay un montón de trastos y atrezzos circulando por el pasillo.

Mientras ellos trabajan para que esta noche todo sea perfecto, yo me voy con mi amigo Ignacio de paseo. Y disfruto de esas calles que me traen tantos recuerdos, de la lluvia que nos cae de improviso, de refugiarnos en un café, de la charla, de un jardín encontrado por casualidad, de las cañas a 1 euro, de las cuestas que suben y las calles en retorta y vericueto, y de esa euforia que me va subiendo, tan mía, tan especial, de sentir los pasos de Lope y Cervantes y Calderón y toda esa picaresca y hojarasca y latido y ruido de coches de caballos, y otra vez la lluvia que me confunde superponiendo paisajes y trayéndome a una Eva muy joven que corre por la calle mayor en dirección a la RESAD, o se pierde siempre y yo ahora me pierdo con ella hasta encontrar el callejón del Gato, y a reírnos, a mirarnos en los espejos del esperpento.

A la noche reencuentro con tantas mujeres artistas, abrazos, recuerdos. Las Marías Guerreras están celebrando sus diez años de luchar las tablas. El primer y el último espectáculo comparten una tarima mínima. Luego las autoras hablan de su experiencia, preguntamos, dialogamos, tomamos vino y patatas fritas. Todo es íntimo, familiar. Que a gusto estamos.

Hoy Juana vuelve a escenificarse, algunos fragmentos de Juana volverán a encarnarse,a jugarse en esa tarima mínima. Seguir creciendo en cuerpos escénicos de tamaño pequeño, no importa, la palabra toma todo el espacio del mundo, con suerte llega al espacio más importante, más rico e infinito, al corazón del espectador.

Esta noche. Y luego yo subiré, hablaré de mi experiencia. Volveré a conectar con todo aquel largo, intenso proceso. Alguien preguntará, entablaremos un diálogo, beberemos vino, comeremos patatas fritas. Y la noche de Madrid, los pasos perdidos y encontrados de tantas ilusiones, que nunca duermen y sin embargo...sueñan.

miércoles, 21 de marzo de 2012

EL JARRÓN _capítulo 3

   Llegó carta de la isla. De vez en cuando aún le escribía el señor Borch, y ella a él. No se podía decir que tuviesen una amistad. El señor Borch era demasiado seco para esas efusiones. Sus cartas parecían esquelas, y ella no había encontrado el desenfado suficiente como para que el tono de las suyas resultara más cordial, más fresco. Pero la verdad es que durante todos esos años habían mantenido el interés el uno por el otro, y una verdadera simpatía corría entre los dos. 

   En los primeros años, cuando el jarrón todavía era propiedad del señor Borch, ella le mandaba, además de los giros, cartas serias, donde hablaba de sus progresos en los estudios, o en los trabajos que conseguía, o en los concursos que ganaba. Empezó a enviarle fotos de los Ikebanas. Él le pidió que alguna vez posara junto al Ikebana. Le decía que ponía esas fotos en un corcho, detrás del mostrador, y que algunos clientes se interesaban, entonces él les contaba de ella y de cómo se conocieron. Una vez un alemán, al saber la historia, dejó cien euros a favor de la cuenta de Agustina. Tanto ella como el señor Borch se quedaron sobrecogidos por ese gesto. Cuando al fin pagó su precio y lo tuvo en Argentina siguió mandando cartas a la isla, preñadas de fotos donde el protagonista era el jarrón. Recortes de periódicos donde se daba la noticia de que la Señora Agustina Pellegrini había ganado tal certamen y tal otro, aunque las fotos en blanco y negro y en papel barato no hacían justicia ni a la belleza del jarrón ni a la composición floral que albergaba. Una vez también le envió la carta de un maestro de Ikebana escrita en japonés y traducida al castellano, donde le hacía una crítica minuciosa e inspirada de sus aptitudes y estilo en el desarrollo de ese arte. 

Una primavera incluyó en la carta la tarjeta personal que se había mandado hacer. En ella el jarrón contenía una composición floral muy simple y elegante y su nombre, en una delgada línea, parecía una cuarta rama, horizontal, tendida, a punto de ser alzada y vivificada entre las orquídeas. Todas esas cosas se las enviaba al señor Borch como si fuesen comprobantes de que la confianza, la buena fe y la paciencia que había tenido para con ella, tuviesen plena justificación y no hubiesen sido en vano. 

   El jarrón era un centro en la vida de Agustina, un centro por el que ella merodeaba cargada de flores, de verdín, de tijeras e hilos, rafia y alambres invisibles. Un vacío ligeramente rosado donde ella se inventaba algunas formas de mirar.

jueves, 15 de marzo de 2012

El Premio

Marzo ha comenzado de una manera maravillosa. Mientras estoy escribiendo suena el teléfono, número desconocido, y una voz de señor muy contenta me dice que he ganado el 15è Premi de Comte Infantil Hospital San Joan de Dèu.

Presenté a concurso Ratlles Blaves, y después de escuchar el acta del jurado he sabido que ha competido con otros 168 cuentos, uf!

El cuento será editado por La Galera en catalán y en castellano. La ilustradora será Nilobon Kijkrailas, de origen tailandés. Hoy he navegado por su página y os la recomiendo, es muy divertida y llena de encanto.

El viernes 9 fui a recoger el premio al auditorio del hospital.  Allí estábamos reunidos, las artes y las ciencias (las artes vestidas con falda y las ciencias con bata blanca)

Acercarse al corazón de un niño, compartir el tiempo junto a él, proponer un juego, es una experiencia privilegiada. Me emociona pensar que a través de este libro tendré la posibilidad de generar un diálogo con tantos niños, porque creo que un libro, un cuento, un poema, siempre provocan un diálogo con el que lo lee.

Creo que si hay algo que debemos de entender como especie, si hay algo nuevo por construir, por redimir, es la relación con nuestros niños. En cómo los respetemos y apoyemos para que se descubran a sí mismos, su potencial y su capacidad para inventarse como seres libres, reinventando así un mundo libre, lograremos la manera de trabajar en la raíz de un cambio y una esperanza para todos.

La imaginación es una herramienta y una fuerza de gran poder. Es la gran propulsora de la ficción, pero también es capaz de incidir y transformar la realidad. Para mí es una medicina natural que uno mismo genera y que se contagia por la capacidad de crear e implicarse en los juegos con otros y también por la lectura, solitaria o compartida, de libros. Sé que un libro puede salvar la vida.

Quiero agradecer a mis sobrinos, Juanjo y Miguel, la alegría que ponen en mi vida, infinitamente mucho más rica y amorosa desde que ellos están.

Por último agradecer a Rubén, Ruth y Salva su cariño y su presencia, acompañándome en ese día tan luminoso de la entrega del premio..

lunes, 5 de marzo de 2012

EL JARRÓN _capítulo 2

Una de esas tardes vino Inés, la mediana, con su pequeño. Le dieron lápices de colores y un cuaderno enorme, de anillas, donde pintaban todos los nietos. Agustina luego apuntaba en una esquina a quien pertenecía cada rayajo. Algunas hojas aparecían rotas por la pasión del trazo. Madre e hija hablaban, tomaban el té, se reían, jugaban con Valentín, le alababan los dibujos. Inés se probó un vestido. Lo había comprado de camino, en un impulso. Era de manga corta y espalda escotada.
-¿Me queda bien?
-Muy bien. Un poco largo para mi gusto.
-¿Demasiado estrecho?
-A mí me gustan más con la medida por la rodilla. Y con tacones. Unas sandalias rojas, por ejemplo.
-¿No me marca mucho la barriga?
-Al contrario, te hace más esbelta.
         El pequeño de Inés abandonó los lápices y empezó a trepar sillas, coronaba las cimas tapizadas con gran fiesta, apoyaba las manos en la mesa grande, dejando todas sus huellas pringositas, luego  se daba fuerza y aún ascendía más, poniéndose de pie en la silla. Inés se apretó el michelín del vientre con las dos manos.
-Tengo un zorongo insoportable.
-No es para tanto. Y estás muy linda.
-Mamá…
         Valentín tomó un libro de la mesa y lo tiró al suelo con fuerza, tanta, que trastabilló él y estuvo a punto de caer.
-A Valentín no le gusta Kawabata –bromeó su abuela mientras recogía el libro y bajaba al niño al suelo-, ¿Valentín, te vienes conmigo al sofá?
-Mamá, ¿no estoy todavía muy gorda?
-A mí no me parece que sea tanto.
-Pero es que Valentín ya tiene dos años.
-¿Va todo bien con Flavio?
         La joven se miró los pies y Agustina reconoció ese gesto de su hija tantas veces visto durante la infancia, cuando había algo que la preocupaba y no sabía expresar. Se acercó a ella y la abrazó, un abrazo redondo y anaranjado donde Inés empezó a ablandarse hasta que miró por encima del hombro de Agustina y gritó ¡Mamá, el jarrón! Lograron detener las manitas del pequeño bárbaro. Agustina no perdió la sonrisa. Lo sentó en la falda. Con su dedo índice señalaba al jarrón y le decía a Valentín, por enésima vez, Valentín, por favor ya te hemos dicho que el jarrón no hay que tocarlo. No quiero que lo toqués ni que intentés alzarlo, pesa mucho para vos. Podría romperse. El jarrón no, Valentín. El jarrón no.

miércoles, 29 de febrero de 2012

EL JARRÓN _capítulo 1


Era la hora de las confidencias. Las tres amigas estaban en el vestíbulo de la embajada japonesa. Agustina sonreía y apretaba unas ramas de arbusto sobre su pecho. A sus pies la gran bolsa de hule, fiel como un perro gastado, llena de los restos de la clase. Las otras dos amigas habían ido a buscarla y ahora le tiraban de la chaqueta, como colegialas.
-Vamos Agustina, vente con nosotras- le suplicaban haciendo mohines y risas-. Nos vamos a comer a lo de la señora Sochi, ¿no te apetece una buena tempura? Mmm, no te puedes resistir a una deliciooosa tempura. Al menos si no lo haces por nosotras hazlo por tu gula.    

   Agustina vio langostinos y berenjenas crujientemente rebozados y aquel caldo de la señora Sochi que hizo que empezase a salivar más deprisa.
-No puedo, chicas, ya saben que a esta hora no. Pero si quieren mañana a la nochecita nos juntamos.
-¡Pero si no tenés nada que hacer!
-A la una quiero estar en casa, así que suéltenme que me van hacer de la chaqueta un abrigo.
-Dile al recepcionista que te deje llamar por teléfono, di que no puedes ir.
-No sean pavas, ya saben que para mi esa hora es sagrada.
-Pero no sabemos por qué, ¿cómo se llama?, ¿alguna vez nos hablarás de él?, ¿porqué no lo invitás y nos lo presentás?

         Las tres se reían cada vez más fuerte. Un grupo de hombres trajeados que hablaban de negocios las miraron, curiosos de que aquellas señoras perfectamente teñidas desplegasen tanta frescura. Incluso se asustaron un poco cuando la que estaba siendo acosada le dio a otra un cachiporrazo en la cabeza con unas ramas. Sin embargo eso no hizo sino aumentar la hilaridad entre las mujeres.
-Disfruten sin mí –dijo Agustina-, hagan todas las elucubraciones que quieran a mi costa si eso les sirve para aumentar la temperatura de sus bajos instintos. Me encanta verlas hechas unas viboritas, se les quitan como veinte años de encima.
-Serás hija de puta, Tinita, hermosa.
-Yo también las idolatro. Chau. Hasta mañana a la noche.

         El colectivo se demoró más de la cuenta, así que el trecho hasta su casa lo hizo al trotecillo, jadeando por el peso de la bolsa y el agobio de las ramas. Los ociosos de la vereda la miraron, con su falda recta y sus tacones, era una extraña gacela cruzando el semáforo en rojo y escapando de la embestida de los furiosos coches. En el ascensor se tocó el corazón, latía deprisa, hacía tiempo que no lo escuchaba moverse así. Abrió la puerta, tiró todo a un lado y otro del recibidor, hasta arrojó la chaqueta al suelo, se descalzó, se quitó las medias y con los pies desnudos entró en la sala. Se sentó enfrente del jarrón y permaneció tranquila.

         Había llegado a tiempo. La lengua de sol que entraba por la alta ventana estaba muy cerca de tocarlo. En la clara penumbra se le veía más rosado, bellísimo, tanto que mirarlo producía cierto desasosiego, esa hambre interior que provocan ciertas obras de arte. Hambrienta, así se había sentido ella al contemplarlo por primera vez, y así supo que se sentiría siempre, por más que lo poseyese y tuviese todo el tiempo del mundo para verlo. Y allí seguía, muchos años después, acudiendo a la cita del sol y el silencio, entregada a ese misterio, a ese interrogante de mirarlo.

         El sol entró en el jarrón, vacío, sin agua, sin flores. Un cuerpo de cristal finísimo. Una oquedad que tenía sentido por el caparazón exquisito que la contenía. La luz hizo que los tonos rosados empalidecieran, parecían una fina nube entreverada que aumentaba la transparencia del cristal.

         De pronto se abrió la puerta de la calle y entró su marido. Tropezó con las cosas desparramadas en el recibidor. Pisó algo y Agustina oyó astillarse una de las ramas de arbusto, un juramento. El bulto de Gonzalo abriéndose paso entre obstáculos invisibles hasta desembocar en la puerta de la sala.
-Agustina, ¿qué hacen todas esas cosas tiradas…
-¿Qué hacés en casa? –le interrumpió ella.
-Bueno, vengo a almorzar.
-¿A comer?
-Sí, son horas de comer.
-A comer ¿qué?
-No sé, ¿no preparaste nada?, ¿quedó arroz de ayer? Si querés frío unos…
-Yo no como -le volvió a interrumpir.
-¿Te encontrás mal?
-Gonzalo, ya te he dicho que a esta hora me gusta estar sola en casa.
-¿Pero qué hacés?
-Mis cosas. ¿Te querés marchar? ¿Te podés ir, por favor? Me estás interrumpiendo mucho.
-Pero si acabo de llegar. ¿Y a ti como te ha ido en la clase?
-Bien. Siempre me va bien. Pero necesito que te vayas, Gonzalo, te lo digo en serio.
-Vale, me voy a la cocina.
-¿No puedes irte a comer a otra parte?
-¿Me estás echando de mi propia casa?
-Vos sos quien me está echando a mí y ni te das cuenta.
-Agustina, desde que me he jubilado es que no te entiendo. Voy a prepararme algo.

         Y se metió en la cocina, arrastrando un poco los pies, para subrayar con esa nota de patetismo la escena que acababan de vivir. Agustina miraba el sol en el jarrón, el jarrón en el sol, la danza de luz que se iba retirando poco a poco. El silencio perfecto de unos minutos antes estaba contaminado por los ruidos en sordina de detrás de la puerta, el trajín de cacharros, el extractor, ciertos golpes metálicos e inclasificables. A Agustina se le tensaron las manos, pero se esforzaba por mantenerse en la contemplación, anclada, una estatua viva hundida en la marea de luz. Como una mosca pegajosa se coló la voz de la radio.
-¡Apagá la radio, por Dios! ¡Y no armés tanto kilombo! No hay que rematar al bife, ya está muerto ¿oís?
-Quiero escuchar las noticias.
-Pues mirá el periódico o bajá a ver la tele al bar. Necesito silencio. No me dejás pensar.

         Agustina tenía sed, el ardor de la desgracia y la cólera apretando su garganta. Pero aún estaban los últimos posos de sol, ahí, sobre el jarrón, los últimos, los más bellos por el contraste con la sombra. Casi ni respiró.

         Gonzalo apareció con un plato humeante y un botellín de cerveza.
-¿Puedo comer aquí? ¿Me apartás el jarrón?

         Ella lo miró con odio. Él se retiró a comer a la cocina, de cara a los baldosines amarillos.
-Estos baldosines son horrendos –dijo en voz un poco más alta de lo necesario-, qué viejos están. Teníamos que haberlos quitado hace años.

martes, 31 de enero de 2012

es tan oscura
la raíz
y un cuerpo es raíz
de una flor que le nace adentro



este pequeño poema
pertenece a un poemario titulado
juana de arco visitada en versos
que escribí hace doce años, junto a un texto
dramático, juana -delirio- 
que también tiene por protagonista
a esta joven guerrera.    
El 20 de abril, parte del montaje
de este texto se podrá ver en el teatro La Corsetería,
en Madrid.

lunes, 9 de enero de 2012

VIVERO DE PLANTAS REFLEXIVAS

Las palabras semilla/
encierran dentro/
la potencia de un mundo/
por desplegarse



… el miércoles 11 comienzo un curso de escritura que he titulado BIG BANG & BIG CRUNCH, porque me parece que escribir tiene ese movimiento de sístole y diástole, tan orgánico, que nos conecta a nuestro propio imaginario y al imaginario colectivo.

A mi entender, es desde ese equilibrio entre estar entrañado con el lenguaje, hacerlo casa propia,  y estar empatizado con la realidad de los otros, que surge la chispa de la creación.

Una voz original es también una manera original de pensar, de sentir la vida, y de ahí nace la necesidad de la expresión.

La necesidad es un gran motor. Bienaventurados los que tienen hambre de sus propias palabras, y las labran, las tejen, las cultivan.

Sobre una misma mesa, abrir los cuadernos, compartir el vértigo de la página en blanco, el juego, las ramas del árbol de la imaginación, mancharse las manos de tinta y de instinto.

Reviso los materiales que quiero proponer a los participantes, y siento el sabor de la aventura.  A mi espalda, las viejas estanterías con los libros que me han acompañado de una ciudad a otra, de una casa a otra, de una edad a otra, como pájaros posados pero llenos de vuelo. Gracias a tantos escritores he volado y también he crecido y me he atrevido a inventar otros cielos… y con su bendición, humildemente, abriré la puerta de este curso.

lunes, 2 de enero de 2012

AÑO NUEVO, EDICIÓN NUEVA

Saludo el nuevo año con este regalo precioso, una nueva edición de mi texto teatral 
La América de Edward Hopper.

La escritura y puesta en escena de esta obra me ha brindado muchas alegrías, entre ellas, volver a trabajar con Alícia González Laa y Joaquín Daniel, dos actores a los que adoro, y también  con colaboradores magníficos como Quico Gutiérrez, el poeta de la luz, Frank Cruz o Júlia Bel, grandes aliados y magos de la practicidad y la materialización de las necesidades, y descubrir nuevos y talentosos compañeros de profesión, el honor de trabajar con el gran escenógrafo Jon Berrondo, con Romana, con Marc...tanta gente entusiasmada y creando este sueño. Gracias también a Frederic Roda y su equipo, por su confianza y apuesta en este proyecto que nos llevó a viajar por  escenarios donde abrimos nuestra ventana hopperiana, en la Muestra de Autores Contemporáneos de Alicante, en Girona, en la larga temporada en el Teatro Español de Madrid, aquí en casa, en Barcelona, y también en mi tierra de origen: ha sido el primero de mis montajes que subió al Teatro Bretón de Logroño.

Ahora CAOS EDITORIAL, www.caoseditorial.com, saca una edición revisada del texto. Ha sido para mí un placer trabajar con su editor, Plácido Rodríguez, por la calidad, el cuidado y el respeto con que ha realizado su trabajo. Estoy muy contenta de este libro electrónico que ofrece, además del texto, una disposición de materiales complementarios muy interesante. Como libro electrónico tiene un precio popular, dos euros. Os invito a que entréis en la página de CAOS pues tienen una presentación de catálogo y unos autores muy interesantes.

Y para daros un poco de la miel de La América de Edward Hopper, añado aquí el texto que a la manera de epílogo escribí para esta edición. Salud y que lo disfrutéis.



LA AUTORA, MIENTRAS SE TOMA UN CAFÉ, DICE…

Hace algunos meses me mudé, dejé una casa en la que había vivido durante doce años. Deshacer una casa es desmembrar un orden, aunque sea frágil o aparente como es en mi caso, y vivir unos días en el caos: vaivenes de objetos, de pasado, cajones olvidados, fondos de armario abisales con su resaca de cuadernos descoloridos, piedras, chucherías, el broche favorito que diste por perdido, ese regalo tan bien intencionado que daba pena tirarlo…; así reencontré por sorpresa el calendario de Hopper, el original que me había evocado una primera sensación de la obra: la historia de unas vidas, de un amor y de una herencia, fragmentada a través del tiempo. La estructura de un ciclo temporal me permitía asociar la temperatura de las emociones a las de la climatología, y ligar el devenir del tiempo y de la historia a los paisajes y las habitaciones del particular universo pintado y poetizado por Edward Hopper. En el texto, esos doce meses que comprenden un año se abren como espacios paradójicos, porque, gracias a la inmersión en la escritura de la protagonista, el tiempo rompe su aparente linealidad y transcurre, paralelamente, en años históricos distintos y en distintas vidas, interconectadas por la imaginación y por la necesidad de trascender la muerte. En esa mudanza también encontré el otro calendario de Hopper que me regaló el productor de la obra poco antes de su estreno en mayo de 2009 en el Teatre de Ponent de Granollers. En enormes cajas rojas, decoradas con detalles de su pintura —una puerta al mar, una bañista leyendo en la cama, unos navegantes a vela blanca por un océano límpido y tranquilo, la palabra América como un poste indicador de carreteras— cuidé de dejar bien clasificados los muchos materiales que la gestación de esta escritura y después su puesta en escena generó. Recuerdo las primeras semanas de escritura de La América de Edward Hopper como una mezcla de sorpresa y delirio. Yo tenía el compromiso con el T6, el programa de autoría contemporánea auspiciado por el Teatre Nacional de Catalunya, de escribir una obra con unas fechas de entrega del texto, con sesiones en las cuales se leía la obra en construcción al resto de los autores componentes del T6 y, lo que era más acuciante, unas fechas de estreno. Éste era mi segundo texto dentro de esta experiencia, el primero había sido Una mujer en transparencia, del que acababa de salir. Tenía que dar un nuevo salto al vacío de la escritura. Un par de historias me rondaban, algunos personajes pedían audiencia. Me fui a América, a Buenos Aires, a pasar uno de los inviernos más helados de mi vida y según me dijeron también de la ciudad, donde nevaba por primera vez desde no sé cuantísimos años. Pasé dos meses y medio nutriéndome, de muchas cosas, en primer lugar de una sensación de libertad. A pesar de los compromisos me tomé ese tiempo como una especie de paréntesis. Intenté organizar ese viaje bajo la premisa de no hacer planes, no buscar objetivos, viajar a la deriva del día a día, a la intuición del momento, a las fuerzas y los deseos reales de los que disponía en cada instante. Viajar así es difícil. Muchas veces son las metas, aquello que nos proponemos conseguir, lo que nos da fuerza para encarar y atravesar la vida. Allí escribí unos poemas. Nada más.

Luego, de vuelta en Barcelona, las ideas para un texto dramático no acababan de cuajar, cuando, de repente, un día rompí aguas y un título y una idea de hace seis años irrumpió con mucha fuerza. Es bello comprobar cómo el inconsciente va haciendo su trabajo, su lenta sedimentación de los temas y los personajes de los que nos va a ser dado hablar. Hace poco, en la casa de mis padres, revisé unas libretas de la adolescencia y la primera juventud. Me asombró encontrar, al margen de la calidad de lo allí escrito, el mismo lugar de observación, las cosas que me llaman la atención, las imágenes que me tocan, incluso la asociación de ideas o las metáforas recurrentes. El jardín interior, del que hablaba Luis Landero en sus clases, ese jardín propio de nuestras querencias y obsesiones, que puede parecer muy pequeño y sin embargo es infinitamente grande a la hora de explorarlo con la paciencia de la pluma, la riqueza de sus pequeños detalles, la mutación de sus frutos.

La escritura de La América de Edward Hopper  tuvo algo de jardín de un Edén, fértil y generoso, pues a medida que escribía sus escenas iban apareciendo otros textos en paralelo. Por ejemplo,  escribí algunos de los poemas de la madre de Tomás (cuyo estilo, por cierto, nada  tiene que ver con el mío). Tendría que revisar toda esa hojarasca de aquellos días, esa exuberancia. Un día, ante el peligro de un río con muchos meandros que va perdiendo su fuerza, acoté las energías y la dirección de la escritura al único propósito de la obra. Cuento esto porque dentro de la pieza teatral hay un poco de caja de Pandora de los géneros literarios, la poesía, el cuento, la epístola, incluso el propio teatro…; la clave es que los personajes viven desde la inextricable conexión entre vida y ficción, la expresión de la imaginación y la plasmación de la realidad, a veces como juego consentido, a veces como destino más allá de lo que están dispuestos a aceptar, a veces como salvación, a veces como iluminación.

Porque la historia de este amor es, ante todo, el amor a la palabra. Creo que el héroe contemporáneo se nos presenta, con frecuencia, bajo el signo de la orfandad. En los personajes de Vera y de Tomás es así, de manera tan extrema que a ella casi la hago filia de una máquina de escribir. Más que el reencuentro con un objeto del pasado, la hago reencontrarse con su árbol genealógico en forma de Olivetti. Por su parte,Tomás, cuya madre es un personaje ausente de gran importancia en la obra, parece nacido de tomos y tomos de poesía. Los escritores son los protagonistas de esta historia, y por escritor entiendo a toda aquella persona que tiene en la palabra una herramienta viva, un camino y una pasión.

Normalmente, cuando leo la biografía de alguien a quien admiro o me interesa mucho sufro una decepción. Por mi propia experiencia sé que muchas veces lo que es verdaderamente crucial, lo que está lleno de vida y misterio y potencia, no ocurre en los hechos, en las anécdotas, en lo que se puede contar. Los personajes de los cuadros de Hopper, lejos de verlos a la manera canónica, como unos aquejados de melancolía, los siento inmersos en esos instantes, en esos mudos, íntimos e indescifrables instantes donde la vida está más viva que nunca, donde algo sucede de verdad, un pensamiento, un sentimiento, una revelación, una intuición, una total asunción del presente. Hablar de esa intimidad, de esos «paisajes interiores» con los que ironizaba Koltès, ¡qué difícil, qué material tan etéreo para la carnalidad de la escena! Y sin embargo, si hay algo que aprecio del teatro es su capacidad de magia, esa capacidad que me otorga de soñar un mundo y darle cuerpo, materia, y compartirlo en un escenario. Cuando era muy pequeña, con tres o cuatro años, tenía la extraña sensación de que ya conocía todo lo que tenía alrededor, la puesta en escena de la vida por así decirlo, sin embargo, y no sé por qué motivo, me parecía que estaba todo equivocado. Amo el teatro con pasión, pues es un lugar donde el arte, esa cosa misteriosa y maravillosa que es el arte, sucede de una manera única. A pesar de sus férreas leyes creo que todavía hay mucho por explorar en el lenguaje escénico, desde el mismo material matriz, desde el texto. Supongo que desde pequeña tengo una visión de las cosas y creo escribir, no de esa visión exactamente, sino de la falla que se produce entre lo que yo intuía o recordaba del mundo, y del mundo que he recibido. Esto es, sin duda, muy personal. La América de Edward Hopper es una obra muy personal. La concibo como un gran viaje, y con el espíritu de un viajero hay que adentrarse en ella.  

Ahora las cajas rojas, con todos los materiales, los papeles, los cuadernos, las fotos… están cerradas, en la estantería, en una nueva casa. Sin embargo, mientras sobre este escritorio cae el crepúsculo mediterráneo, vuelvo a sentir las voces de Joaquín y Alicia, los actores del montaje, cuando hacíamos una pausa para comer durante los ensayos; brindábamos con vino tinto y nos decíamos, «es raro que Vera y Tomás no sigan, habría que escribirles unas aventuras, nos interesa mucho conocerlos, queremos saber más de ellos, qué les pasará, qué harán después de la última escena». Y es que esta obra, con su estructura laberíntica, tiene una dirección hacia el futuro, unas ganas de vida que no acaban cuando cae el telón.

            Barcelona, mayo de 2011




lunes, 19 de diciembre de 2011

UN CUENTO PEQUEÑITO CON SEMÁFORO Y NUBES

Habían anunciado tormenta de nieve para la tarde. Era viernes, y Leire se imaginó un fin de semana en pijama, o mejor desnudos, bajo el grueso cobertor, hablando de los planes para el próximo verano, leyéndose en voz alta los Winter Tales de Isak Dinensen, comiendo a deshoras, dulces y bizcochitos que dejarían sus huellas de migas por entre las sábanas, haciendo el amor y revolviendo los abrazos entre todas esas cosas, largas caricias y besos caracol ascendiendo lentamente por la espalda hasta lograr el escalofrío de placer en la nuca.

Abrió el frigorífico. Presentaba la desolación de dos yogures y una rama de perejil yaciente. Se enfundó las botas y Salió a comprar provisiones. La gente le venía de cara con las narices encendidas, como guindas o como payasos, pensó Leire. Pero las frentes se cerraban en un gesto duro, los ojos lagrimeaban y las bocas se apretaban tensas, quizás en un gesto involuntario por abotonarse contra el frío un poco más.

Mientras esperaba a que el semáforo cambiara a verde, vio a un niño en la otra acera. Tenía a su muñeco muy bien abrigado, lo abrazaba contra su cuerpo. La carita de plástico estaba justo debajo de la cara pecosa del niño. Eran las únicas caras que sonreían en la apretada fila. La pequeña boca se entreabría y dejaba escapar una nube caliente, generosa.

El niño miró a Leire, miró su boca pintada, curvada, descerrajada en una amplia sonrisa, la nubecilla del calor de la sonrisa flotando delante de su cara.

Al cruzarse se dijeron adiós con la mano. Fue una señal mínima, íntima, y con las caras una en dirección de la otra lanzaron una gran bocanada de nube y sintieron el calor fugaz de la felicidad del otro.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Un poeta habla




gracias
por oler
la madera que nunca muere
y crece en sonidos
sigue brotando
esculpida en voz

gracias
por tu voz
y su pausado recorrido
los abruptos paisajes de la pasión
la orografía de volcanes y mujeres
y simas esteladas de noches

gracias por dejarte
visitar, fecundar
por la abeja poesía
sus flores y sus venenos

gracias
por dejarme
abierta
la ventana
de tu mirada
por ayudarme a comulgar
con esa parte
que es el todo
y que me ama

gracias
por nuestra intimidad
casi conyugal
pero sobre todo amante

          the sea so deep and blind
          where still the sun must set
          and time itself unwind
          oh love , aren´t you tired yet?
          and time itself unwind
          oh love, aren´t you tired yet?

y gracias

martes, 1 de noviembre de 2011

una espera

Esa mañana la pequeña mujer se levantó más temprano que de costumbre, ¿quería cazar al sol? Afuera de la ventana la negrura de la noche no dejaba distinguir nada. Esperó pacientemente. Los pies fríos sobre baldosas rojas, deslucidas, viejas. Esperó pacientemente. No ocupó la espera en pensamientos, en recuerdos, no hizo la lista de la compra, no resolvió ningún problema. Dejó que la espera fuera sólo eso, espera. Y entonces la espera se volvió algo parecido a una oración. Los pies fríos sobre baldosas rojas, cocidas, barro viejo. La noche afuera no cedía, las horas se agarrotaban, duras, contra el cristal. El hueco de la cama aún lo sentía caliente, allí, a sus espaldas, percibía ese tibio olor de su cuerpo reposando ahí. Por alguna razón sintió nostalgia de los animales mansos, los corderos, las vacas, los bueyes y su vahído. Pero apenas la punta de la nostalgia, no quería distraerse. Esperaba llena de espera, con paciencia, con atención de artesano. Luego una línea de oro. De repente, un brillo súbito, cegador. Y otra vez el nubarrón de la noche. No se desanimó. Es el preludio, se dijo. Los pies fríos sobre las baldosas rojas, rotas de viejas. Y enseguida, otra vez, mil pétalos de luz detrás de la ventana. No era el único sol, el que conocía de toda la vida, no era el único. Millones de soles pequeños, de flores soles, girados hacia ella, luciendo, abriéndose detrás del horizonte, llenando el paisaje de detrás de la ventana, llenando su retina, hasta calentar la noche más profunda que ella, la pequeña mujer, llevaba en el centro de su esperanza.

martes, 18 de octubre de 2011

aquellas pequeñas cosas





caminar la lluvia, buscar adrede los charcos, caer adentro, al fondo de los lagos urbanos,


ondinas de asfalto, en las fuentes de los parques, en el agua que sobra de las macetas
balcón abajo,


caminar las horas del crepúsculo, empezar un extremo de la acera en día
y acabarlo en noche,
perseguir el canto de los pájaros
en las ramas que empiezan a dormirse


caminar, bien arrebujados en el sofá,
la tierra adentro de los recuerdos y de las ensoñaciones


y una voz que nos toca las entrañas
un dedo voz, íntimo, en un rincón oscuro del pasillo,
que parece decirnos
levántate y canta

jueves, 29 de septiembre de 2011

cuánta hermosura!

Qué hermosos son los muros blancos, desnudos, casi huesos
de una casa,
como si el sol y el desierto hubieran roído al animal
casa
y sus ventanas simples cuadrados negros, líneas puras
a fuerza del agotamiento, de los dientes del tiempo;

y qué hermosas son las paredes desconchadas, esos lienzos
de manchas imprecisas, capas
de papeles pintados, de baldosa deslucida, de cemento,
esos mapas sobre las paredes,
esas rutas de las heridas, calendarios plásticos con sus pieles
cayendo…

… y qué hermosas esas fachadas
sobre las que han caído miles de lluvias
y tienen enredaderas de sombra y suciedad,
marcos comidos, puertas hinchadas, ruidos
de vieja desmembrada,

cuántas hojas de silencio
con tanto escrito

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La llegada.


            Las luces tiemblan en la ventanilla. Es la lluvia, las atrapa en goterones, las rompe en un calidoscopio enfermo.  Yo estoy dentro, en el taxi. A mi lado el profesor Dexter habla y habla. Hace ocho años, en mi primer viaje a esta ciudad, no me hubiera importado la lluvia. Viajaría con las ventanillas completamente bajadas, la cabeza afuera, ávida por recibir toda esta fiesta. Mientras veníamos desde el aeropuerto el crepúsculo caía tan lento como si tuviera miedo de aplastarnos. Nuestro pequeño coche, cucaracha rubia entre las demás cucarachas; mi pequeña vida y su maleta, la noche nos sabe demasiado frágiles frente a su poder. Al cruzar el puente me he esforzado por sentir la vieja emoción, pero no estaba en su sitio, sin duda otra cosa más perdida en este traslado. Sobre el agua ancha del río se reflejaban los párpados artificiales, los semáforos, las farolas, las largas guirnaldas de los faros y de las fachadas de los teatros. Inventamos la luz cuando nos falta el sol, inventamos los faros sobre los escollos del océano, la alegría, la esperanza, son artesanías talladas en la pura necesidad. Creo que no volveré a la casita, lo mejor será ponerla en venta. No sabría ya dar los paseos, seguir los senderos por donde las dos reíamos jugando a bandoleras, llegar al faro viejo, imaginar lo que cantan las sirenas y cantarlo, ella con su voz pequeñita aupada a mi voz de tabaco. Por fin el taxi para en un edificio de ladrillo rojizo. El profesor Dexter se hace cargo de las maletas. Insiste en una melopea de disculpas, monótono, como esta lluvia sin drama ni poesía, agua sucia, aplastando la polución contra las aceras. Estoy demasiado borracha para prestarle atención. Me he estrenado como viajera en primera clase, donde esas chicas te miran tan simpáticas mientras agitan vasitos con hielos de colores. Subimos escaleras hasta un segundo piso. El profesor abre la puerta y entiendo lo que quiere decir, sus lamentos, sus genuflexiones. La casa está vacía. Huele a recién pintada, pero no hay ni un mueble, sólo una cama, con el colchón todavía enfundado en su plástico. Vamos a la cocina, él abre armarios y comprueba, aliviado, que por lo menos sí está hay vajilllas y cazuelas y provisiones en latas y esa extraña robótica tan propia del atrezzo americano. Sobre la encimera unos paquetes envueltos en papel de aluminio. Es comida preparada, solo hay que recalentarla en el microondas. El profesor Dexter, sin embargo, insiste en salir a cenar fuera para celebrar mi venida. Necesitará compañía en su primera noche, me dice. Creo que me mira el pecho. Me excuso. Estoy demasiado cansada. Le pido un cigarrillo. Cuando cierro la puerta tras él no sabría describir su cara, quizás tenga unos ojos, seguramente, todo el mundo los tiene, pero ¿de qué color, qué color puso sobre mi pecho? Me doy cuenta de que tengo los tres primeros botones de la blusa desabrochados, se me ve el sujetador. Los neones de un anuncio entran en el salón tiñendo la penumbra ahora de rojo, ahora de azul, ahora de rojo, ahora de azul. No hay manera de salirse de ese paréntesis. Paseo por la casa, toco las paredes, su franca desnudez. Me siento agradecida de que esté así, vacía, es más verdad. No tengo estómago para quitar la piel de plástico del colchón, cierro la puerta, hasta querría tener una llave por candarla, encerrar al mueble del sueño; quizás mi auténtico miedo sea ahora descansar, me parecería una traición.
Me tiendo en el suelo. Ni tan siquiera espero dormir. Fumo, dejo mi aliento en este vacío, espirales azules que en algún punto hacia el techo se quiebran y desaparecen.

lunes, 5 de septiembre de 2011

DICCIONARIO DE USO, ETIMOLOGÍA Y ALMALOGÍA DEL ESPAÑOL DE TÉRMINOS COSMOLINGÜÍSTICOS PERTEJOS O PEREGRINOS. (En construcción)



Albriscente.- adj. Dícese de toda persona, animal, cosa o circunstancia que aúna las cualidades del brillo, la claridad y la frescura, por lo general en un grado que permite suponer que aún irán en aumento. Es decir, éste término tan singular cifra lo calificativo en el tiempo. Es un adjetivo que habla de un presente creciente -un adjetivo lunar por tanto-, y que connota una dirección de mayor plenitud, el futuro. Suele aplicarse sobre elementos jóvenes o nuevos. (Pej, el potro albriscente en medio de la manada, un proyecto albriscente y emprendedor, las primeras lluvias albriscentes de la primavera.) 2. m. En filosofía, úsase para designar una mente brillante capaz de sorprenderse así misma. De los poetas dícense que son albriscentes cuando comienzan a versificar a edades tempranas (Rimbaud, el maldito albriscente). Los temperamentos albriscentes son muy temidos en los colegios religiosos y en toda institución subsidiaria de la obediencia y la constricción. Por eso en ciertos curriculos se lee una nota escrita en caracteres escarlatas, “cuidado, albriscente”. En ciertos pueblos de Soria las choperas y alamedas por la noche son los bosques albriscentes, por lo que vuelve a redundar aquí la importancia del tiempo, en este caso sumado al elemento mágico que comporta la ausencia de día. Los bosques albriscentes han dado un rico folklore de leyendas y cuentos en dichas comarcas.

viernes, 26 de agosto de 2011

PAPELITOS SUELTOS



Camino por las calles  enormemente pródigas en papelitos, llamar a Ana 93 456 y lo demás borrado por la lluvia, Tintorería La Españolita americana de ante 35 euros, un trozo de papel cuadriculado en el que una niña pintada con boli bic punta fina sostiene un globo en forma de corazón, una carta con el tres de tréboles, un ticket del supermercado que suma cebollas, ajos, margarina, queso de bola, varios botellines de cerveza y al final, con lápiz de ojos, una pregunta, ¿iremos?

Retazos de gente que no conozco. Escamas de vida, desprendidas, viajando a ras de suelo. Pedazos mínimos de un jeroglífico, que se compone y se descompone con igual celeridad.


***


Los fondos de mis bolsos son abisales. Viven papelitos raros, arrugados, a veces tan viejos y amarillos que no se les leen las venas, lo que un día contaron. Las frases empalidecen y mueren. Saco un manojo de extractos del cajero automáticos, ¿para qué saqué ese dinero, qué compré, en qué lo empleé, qué necesitaba? Servilletas de tantos bares con dibujitos, pequeños poemas con huellas de café, teléfonos y nombres que no sé a quién pertenecen, ¿quién era Marta la de las castañuelas?

***


Las notas de amor se posan sobre las superficies de la casa. A veces esperan en el recibidor, junto a la luz encendida que me aguarda por la noche. Algunas quedaron imantadas en la puerta del frigorífico y te saludan cada vez que necesitas desayunar o comer o tienes sed o simplemente estás tontona y picas por picar. En ocasiones son pícaras y se esconden en lugares insospechados, el cajón de la ropa interior, o reposan sobre la almohada, acompañadas de jazmines. Hay unas muy tiernas que rodean el marco del espejo del cuarto de baño, y te hacen reír a pesar de las legañas y los ojos hinchados. Las soñadoras se enganchan en el cristal de la ventana. Y están también las viajeras, de un libro a otro, del corcho a la mesita, del cajón a la papelera… Las notas de amor, esos pajarillos silenciosos alegrando la casa.

miércoles, 10 de agosto de 2011

nocheando


Es la noche y su callado paso por las habitaciones. Sopla una brisa tan fresca que hemos tenido que cerrar la puerta del balcón. Afuera las plantas cabecean, y más lejos, hasta el mar, las luciérnagas eléctricas de la ciudad sostienen la enorme masa negra que ahora nos unifica, cielo con tierra, tierra con asfalto.

Los vecinos de arriba mueven muebles, parece que alguien barriera.

He dedicado el día al orden y la limpieza, y eso me ha hecho sembrar el caos, el suelo desbordado de papeles y preguntas ¿dónde pongo esto, dónde lo otro? Los libros de arte han emigrado a otro nido, ahora hay hueco en la estantería para poder albergar nuevas carpetas con nuevos escritos.

Al amparo de una bóveda de luz, tumbada en el sofá, leo cuentos de Jean Rhys. Son tristísimos, de inocentes irónicos, de duros humanos, de desnudos en carne viva. Gran autora de la que hace poco he regalado su Ancho mar de los sargazos a una amiga por su cumpleaños. Entre cuento y cuento me tomo todo el silencio del mundo. Voy mirando las pocas cosas que hay que ver, las de todos los días, ahora súbitamente misteriosas por esa pátina mágica de la noche. Siento a esa señora, la nuit, impregnándose en todo, como un licor que llama a los bravos del placer, impregnándose en las yemas de mis dedos, de repente, ansiosos.

La intimidad de la noche es un poema delicioso de vivir, infinitamente escrito, vestido de mil maneras, con tacones altos, con calles estrechas, con playas amantes, con bares que cierran, con risas, con lágrimas, y también en la cotidiana sorpresa que habitamos.

Siempre he querido componer un disco nocturno, un canto nictálope, susurrante, gateando tejados, maullante de lunas. Ahora me pondría a cantar, pero todos duermen, hasta los vecinos de arriba dejaron de arrastrar sillas.

Así que dulces sueños a los que cerraron los ojos y dulces ensueños a los que aún los tienen abiertos.

jueves, 7 de julio de 2011

algunas maneras de escuchar el silencio_ antes de volver al hogar

Miriam volvió a la casa. Llamó tres veces, con suaves toques en la puerta pintada de color teja. Mientras esperaba se miraba los dedos libres en las sandalias, las uñas pintadas de color chocolate, movía todos aquellos tentáculos tan lejanos como si fuesen capaces de tocar la pianola. De pronto la puerta se abrió. La cara de su madre en la penumbra, con una pregunta en los ojos.

-Me he dejado los melocotones en tu frigorífico.

         Desde hacía años la vecina de al lado, María, les traía barcas de fruta  y verdura de los bancales de su pueblo. Emma hacía la repartición entre sus hijos. Había guardado dos kilos de melocotón amarillo para Miriam. Así que ella había venido a la casa y se habían pasado dos horas charlando y comiendo natillas y después bebiendo una copita de champán tan ricamente. A la hora de las despedidas, como tantas veces, su hija se volvía sin la embajada.

-Por lo menos te has dado cuenta ahora y no en el metro.

         La cocina estaba silenciosa. La sombra de la morera y del parral entraba pesada, cada vez más densa, y ponía una paz apagada sobre cada cosa. Sólo se atrevía a relucir una tetera de cobre a la que aún llegaba un rayo del sol de la tarde.

-¿No tienes que poner una lavadora?

         Emma miró sorprendida a su hija. El cesto de mimbre siempre estaba a rebosar. Ahora que se habían quedado su marido y ella solos, sin embargo, las faenas no disminuían. Los nietos que había que cuidar y que tenían su propia ropita en los armarios que fueron de sus padres, los hijos pródigos que volvían intempestivamente-su matrimonio roto o con problemas en el piso de alquiler-, la tía Amelia a la que se le había roto su vieja lavadora.

- Siempre hay algo por lavar.

         Miriam se sentó en la mesa. Hizo crujir la bolsa de plástico y sacó un melocotón. Lo acarició pacientemente.

- ¿Y tú, no quieres meter algo?

         Emma, doblada, metía en el tambor de la lavadora camisetas, toallas, ropa interior, calcetines, bermudas. Luego puso en la cajeta los polvos de detergente y el suavizante de color azul.

- Me gustaría meterme entera, pero sólo voy a mirar.

         Desde pequeña a Miriam le gustaba mirar la lavadora mientras hacía su programa. Se concentraba en el ojo de buey y en las vueltas que hacían girar y girar los colores de la ropa. Decía que el sonido la tranquilizaba.

- Es como una nana.

         Peló su melocotón y se lo comió a mordiscos pequeños. El jugo le resbalaba por las muñecas y los antebrazos. En la puerta de la lavadora se veía espuma girando y girando. Estaba sola. Oyó a su madre que empezaba a regar las plantas en el patio. Los pájaros de la tarde hacían su conferencia. El ruido monótono marcaba el compás. La tetera había dejado de brillar y era una sombra más en el humo de las estanterías. Miriam pensó que le gustaría saber pintar el tiempo para detenerlo. Pero el tiempo, hasta en una pintura, no se detiene. El tiempo lo roza todo, lo suda. Y por eso había que lavar tanta ropa, aunque no estuviera realmente sucia.

- ¡Gol!

         Unas cuantas voces, excitadas, se oían retumbando en la calle. Después un petardo y una bocineta. Miriam tiró la peladura a la basura. Cogió la bolsa y se acercó a la puerta que daba al patio.

- Adiós mamá, gracias.

         Su madre le saludó con la mano mientras el chorro de agua de la manguera daba de beber a la buganvilla. Miriam sonrió con cariño al perfil de su madre, esa mujer que aún tenía las manos bellas. De pequeña, cuando volvía de la fábrica, ella se empeñaba en extender la crema por sus manos agrietadas. Era una crema que llevaba un nombre pomposo, como de otro siglo, y estaba hecha con pétalos de rosa. De pronto el olor le vino, a la manera de una caricia gatuna, silenciosa.

         Miriam cerró la puerta. Le esperaba un viaje largo en el metro. Llevaba un libro empezado y algunos pensamientos nuevos.



lunes, 27 de junio de 2011

estos últimos días

suena el timbre, estridente, descuelgo, pregunto, una voz enérgica, los coches pasando en diferido detrás de la voz, pulso la tecla, abro, el hombre de la voz enérgica pulsa el botón, sube, verticalmente asciende por la columna del ascensor, otro timbre, feo, el de mi puerta, abro, en las manos del hombre de la voz enérgica un paquete, firmo, nos damos los buenos días, cierro,

rasgo el paquete, varios papeles juntos, doblados, manuscritos a dos tintas, una carta, confidencias, deseos, y una sorpresa, un regalo tardío de cumpleaños, envuelto, protegido, en un colchón espeso de burbujas de aire, deshago la nube, deshago, el papel, deshago la caja, dentro una pluma, delicadísima, de cristal, delicadamente malva, algo bellísimo como un sueño de palacios antiguos, a la derecha un frasco de tinta, no entiendo el color, es un color mágico, no hay nombre, es el color de un tiempo que no es pasado ni presente ni futuro,

dibujo espirales,

la frente me arde, alambres en la garganta, tengo que meterme en la cama, duele, no puedo hablar, oh enfermedad yo te conozco, los huesos se ablandan, la cabeza es algo demasiado compacto, intento dormir, intento leer, me duermo, las hogueras de San Juan dentro de mí, en mi frente, quemándose extraños sueños, desde el balcón fuegos artificiales por todos los barrios, flores de luz que se abren y mueren al instante, bombollas de sonido, crepitación, mis ojos duelen, me duermo, sigue la hoguera quemándome lentamente,

intento leer, me duermo, bebo agua en algún lugar que no es mi casa, los sueños duelen, los ojos duelen, me despierto, me quejo, soy consolada, me río, doy un pequeño paseo, por la noche toso mucho, enciendo una vela en el balcón, cenamos bonito, romántico, toso mucho, el camión de la basura pasa por debajo, estalla otro petardo, el basurero grita ¡que ya no estamos en San Juan!, toso mucho, intento leer, me duermo, a las cuatro de la tarde la hoguera sigue ahí, en mi cuerpo, mareas de sudor, fuego líquido, abro la caja y tomo la pluma de cristal, dibujo una cara con ese color de tiempo que no sé qué tiempo es, la vida es rara, intento leer,

acabo la educación sentimental